Creo en la resurección

Creo en la resurección. Sé que algún día echaremos mano de los libros de historia para poner en práctica algunas costumbres que murieron con la desaparición (podría decirse con la exterminación) de cientos de culturas y sociedades completamente distintas a la nuestra. Hay puntos del planeta donde estas tradiciones perduran bajo amenaza. La ausencia de ideologías y horizontes de pensamiento arrojan luz y esperanza sobre esa resurrección en la que creo.

(Si te gusta escuchar música mientras lees, te sugiero esta pieza para el texto http://www.youtube.com/watch?v=6G7xHTW8pao )

Ahí van un par de ideas e historias extraídas de un texto sobre antropología económica escrito hace cuarenta dos años por Maurice Godelier, que a su vez menciona a muchos otros investigadores:

-Hasta el siglo XIX, sociedades organizadas como la de los indios Kwakiutl, que vivían en el oeste de Canadá (por aquel entonces conocido como Colombia Británica), peleaban por el poder de una forma muy original e inteligente desde el punto de vista biológico. Conocían esta práctica como “potchat”. Cuando dos líderes o guerreros se enfrentaban, ganaba aquel que realizaba las mayores ofrendas al otro. Algo así como “¿Tú me regalas 100 mantas de piel de lobo? Pues yo te entrego 200 pieles de oso”. Cuando las ofrendas eran demasiado grandes, incluían objetos de cobre tallados con figuras místicas y cuyo valor se consideraba aún mayor. Este tipo de “guerras” precisaban del apoyo de toda la familia o población y finalizaban cuando uno de los contrincantes admitía la fuerza superior de su oponente y se sometía a su autoridad.  Además, los regalos no enriquecían al que los recibía porque eran objetos que resultaban inútiles si no se compartían (mantas, utensilios de caza, …)

-El pueblo Bushmen Kung, del desierto de Kalahari (sur de África), mantenía una costumbre excepcional para garantizar el esfuerzo de los cazadores, la unión de la tribu y un reparto equitativo de los recursos que asegurara la supervivencia de todos. Los cazadores hacían marcas a sus flechas y las intercambiaban con sus compañeros. Cuando uno atrapaba un alce, comprobaban de quién era la flecha. La carne del animal se repartía así: el cazador del trofeo era el primero en recibir y el “dueño” de la flecha el segundo; los puestos tercero y cuarto eran para los padres del cazador y los del compañero de la flecha; los siguientes eran, en ese orden, los familiares segundos del cazador y su compañero. El proceso continuaba hasta que se agotaba la carne, lo que permitía que se hicieran entre 60 y 100 divisiones por cada animal cazado.

-Las cartas de Hernán Cortés al rey Carlos V dan fe del impresionante sistema comercial de los aztecas y el descentralismo de su gobierno. Los días de mercado eran festivos sin trabajo y unos tribunales especiales defendían a los clientes e imponían a los mercaderes los precios máximos de cada alimento. Los mercaderes tenían poder en la sociedad pero no podían alardear de su riqueza ante los demás. El Estado empleaba los tributos para realizar obras públicas, como aumentar las zonas de regadío.

-En Malaïta (actualmente Islas Salomon) los Kwaio vivían en islas diminutas, donde la agricultura era impracticable, gracias al intercambio de perlas y piedras rodantes para los molinos de tierras vecinas. De esta forma, los Kwaio se hacían necesarios en su región. Además, su líder les prohibía obtener más de 10 perlas por cabeza al mes para que el valor de este tesoro no se devaluase en los trueques (un collar de perlas rojas valía dos cerdos). El valor de las mercancías se mantenía intacto durante periodos muy largos. Quienes se quedaban las perlas y volvían a tierra firme las intercambiaban como moneda social para ceremonias religiosas, bodas, decoración de prendas…

¿Es o no es interesante? Ya no se me pone cara de estar oliendo algo extraño cuando escucho “antropología económica”.