Fotografía de un invisible

El único legado que conserva de su familia es su nombre: Natanael. Tiene 20 años, trabaja como limpiabotas y vive en la calle, al igual que otros siete millones de brasileños según las estimaciones del Ministério das Cidades. Suele dormir cerca de un mercado en Lapa, uno de los barrios más concurridos de la ciudad debido a sus atractivos turísticos y a su ubicación cerca del corazón financiero de Río de Janeiro.Natanael trabajando

Natanael ni siquiera está en la base de la pirámide socioeconómica, sino que está fuera. Él es invisible a ojos de las estadísticas, el censo electoral, los registros poblacionales y los programas de reducción de la pobreza del gobierno de Brasil.

Estuve observando a Natanael antes de hablar con él. Dedicó casi un cuarto de hora a sacar brillo a los zapatos de un cliente a cambio de dos reales (en torno a 60 céntimos de euro al cambio actual). En esos quince minutos, el cliente y su acompañante consumieron una cerveza, una botella de agua mineral y una Coca Cola por valor de 16 reales (unos 5,3 euros). Natanael me explica que en un día con mucho trabajo alcanza a ganar 40 reales (algo más de 13 euros).

Natanael rechaza el refresco que le ofrezco pero acepta que le haga preguntas y escriba sobre él, además de un cigarro. Llevo casi cuatro meses en este país y él es el primer brasileño que no me pregunta de dónde vengo tras escuchar mi acento extranjero. La claridad y la contundencia de sus respuestas denotan cierta prisa. Son casi las seis de la tarde y la calle empieza a llenarse de trabajadores de cuello blanco y corbata que terminan la jornada.

-¿Has votado en algunas elecciones? –Pregunto.

-No, no puedo porque no tengo documentos.

-¿Qué opinas de la Copa?

-Me gusta el fútbol, pero me molestan que quieran echarnos de las calles.

En Brasil, el voto es una obligación para los ciudadanos “visibles”. Desde su invisibilidad, Natanael no puede participar en la elección de quienes deciden el rumbo del país. Me explica que no sale a protestar porque ese es, en sus palabras, “un lujo que no me puedo permitir”.Natanael en Lapa, Río de Janeiro.

Natanael apaga el cigarro, me estrecha la mano al tiempo que me desea suerte y pone rumbo hacia el Bob´s Burger que hay al otro lado de la calle, donde la hamburguesa más barata cuesta el equivalente a limpiar siete zapatos (tres pares y medio).

Brasil no es un país pobre económicamente, sino injusto. A pesar de los enormes avances en reducción de pobreza de la última década, los datos más recientes de la CEPAL sitúan al país de la samba entre los cinco países más desiguales de América Latina (la región más desigual del mundo) y entre los quince países más desiguales del planeta.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *