Aquí todos somos amigos

Aquí todos somos amigos”, dicen apuntándonos con una pistola. Teóricamente, la ideología que surge de la Revolución Francesa de 1789, nos ha vendido el concepto de igualdad jurídica, que no así económica (que no solo acepta, sino que además ensalza), según el cual todos los ciudadanos de un estado hoy día tienen los mismos derechos ante la ley. El estado de derecho nos asegura a todos ser iguales ante la ley y que no haya privilegios frente a otros ciudadanos, que por otras cuestiones (procedencia, ascendencia, recursos económicos, religión, raza o profesión), puedan incurrir en abusos desde su posición privilegiada. Y no solo eso, si no que la ideología dominante nos enseña desde que tenemos conciencia que el ciudadano tiene igualdad no ya solo de derechos, si no de obligaciones ante la sociedad.

Si leemos atentamente las noticias actuales, nos encontramos que una cuestión tan básica como el pago de impuestos, no solo es irregular según sectores (que curiosamente las clases sociales más privilegiadas son las mayores evasoras de impuestos), sino que tenemos que añadir la exención fiscal de ciertas instituciones por parte de los ayuntamientos ante el pago del Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI). Este impuesto es de cobro local y se atiene a una serie de criterios básicos en las exenciones (bienes del estado o las CC. AA., bienes históricos, colegios, embajadas o consulados y edificios de Cruz Roja, entre otros).

Resulta tremendamente curioso, no solo que instituciones que han dominado las cuestiones materiales durante siglos (como lo es la Iglesia Católica, que tiene el agravante de haber dominado y dominar las cuestiones morales), si no que las empresas privadas (se ha descubierto recientemente la exención del IBI a Telefonica en Madrid) se apunten al carro de la presión para mantener sus privilegios frente al “vulgo” que desprecian.

Esta situación, surgida de creencias, de amiguismos y de presiones económicas, nos hace pensar si realmente el liberalismo no solo nos ha engañado en los últimos años, si no que ha sido responsable de la creación del mounstruo que hoy los medios de comunicación exponen a voz en grito como el “enemigo nacional”: la deuda y el déficit, a los que hay que eliminar, para que nuestros amigos (y por otro lado financiadores) europeos no tengan problema en darnos la mano en la foto de Bruselas.

Quizas cuestiones como esta evidencian varios puntos: primero la necesidad de coherencia del estado liberal, que asegura una igualdad en ciertos aspectos (nunca económicos, eso si, porque se basa en la extracción de la desigualdad económica para sobrevivir); segundo, la mala gestión propia de la lógica del neoliberalismo, que rompe abiertamente el principio de proporcionalidad fiscal, quitándole obligaciones fiscales a sectores adinerados y privados, pero nacionalizando las pérdidas, dándose ese proceso tan divertido del “Socialismo para ricos”, protegiendo los beneficios y socializando las perdidas y, para terminar, la preponderancia económica y jurídica de viejos estamentos (Iglesia Católica) y de nuevos grupos de poder que llevan apoltronados desde el siglo XIX (en su nueva mutación de macroempresas privadas con beneficios millonarios), que ante un supuesto estado de igualdad, hacen y deshacen como pueden (llegando no solo a deponer gobiernos, si no a imponer políticas internacionales). Ante tal situación habría que preguntarse si no es necesario romper el pacto constituyente y volver a escribir las reglas del juego, superando a un estado liberal lleno de contradicciones que golpea a las familias y las empuja a la miseria más absoluta.

Fmdo: un tal León Vázquez