El factor moral en economía

I

No es trivial el hecho de que la ciencia económica se base en suposiciones consideradas poco realistas por la mayoría de las personas y sea este hecho el que de origen a un número no menor de críticas desde nuestras disciplinas hermanas. El supuesto de racionalidad, que trata de explicar el proceso de la toma de decisiones de los individuos, es uno de los más controversiales, ya que la mente humana funciona muchas veces desde consideraciones subjetivas y no siempre es trivial tratar de predecir los comportamientos en sociedad.

La razón es lo que nos diferencia de los animales, “la finalidad de la razón es hacer de la voluntad (preferencias) algo moralmente bueno en sí mismo” (Kant, 1785).

¿Hasta qué punto nos son de utilidad las conclusiones que ostentan como punto de partida supuestos cuestionables? ¿Es realmente posible modelar matemáticamente el proceso de toma de decisiones de los individuos? ¿Cómo se relaciona la moralidad con las preferencias y, últimamente, con la racionalidad? La pretensión de este ensayo no es dar respuestas si no que ojalá levantar aún más interrogantes.

II

Friedman (1953) sostiene que los supuestos se seleccionan por su sencillez para describir el modelo y su plausibilidad intuitiva y se defienden por su contínuo uso y por la falta de hipótesis alternativas que no sean contradichas. Existen fuertes críticas a la teoría ortodoxa que dicen que sus supuestos básicos son irreales; Thorstein Veblen se refiere a esto: “(la economía) es una ciencia lúgubre porque considera al hombre egoísta, un brillante calculador de los placeres y las penas”, a lo cual Friedman responde que una teoría no puede desacreditarse por el realismo de sus supuestos si no por cuán bien explica los fenómenos considerados y cuán predictivas son las hipótesis alternativas. En este caso, el supuesto de racionalidad de los individuos sería lo “suficientemente real” para explicar las decisiones tomadas por las personas, y la falta de otras hipótesis que hagan un mejor trabajo nos hacen aceptar el supuesto, independiente de si este posee completo realismo o no.

Sosteniendo básicamente la misma premisa anterior, Alchian (1950) profundiza sobre el supuesto de racionalidad en la maximización de beneficios y llega a la conclusión de que en presencia de incertidumbre no existe tal cosa como maximizar sino que sólo se puede llegar a una aproximación: beneficios positivos. Las decisiones no se toman necesariamente mediante un proceso racional, pero la variedad de acciones resultantes es tan grande que el desempeño colectivo es bastante similar al de la maximización, por lo que no importaría la veracidad del supuesto de racionalidad ya que sirve para explicar comportamientos que se comprueban empíricamente.

También existen aquellos que dudan del pleno alcance que los modelos matemáticos pueden llegar a tener. Shiller (2003) relata el momento en que el mundo académico deja de creer en la hipótesis de mercados eficientes debido a que la volatilidad de los activos era mayor de lo que el modelo predecía. ¿Existen más factores, además de la perfecta racionalidad, que influyen en la toma de decisiones? La psicología y la antropología pueden tener mucho que aportarnos.

Para analizar esta mirada alternativa nos remitiremos a Davis (1996). Él expone en su trabajo que no todas las formas de intercambio son motivadas por beneficios económicos y su argumento fundamental es que en los países no pertenecientes a la OCDE, donde los intercambios no motivados por las ganancias integran una parte mucho más grande de la economía, el modelo de racionalidad de mercado tiene poco poder explicativo. Desde mi punto de vista el comportamiento de los individuos siempre puede ser interpretado como sujeto a una maximización de utilidad racional, maximización que puede incluir tanto dinero como la aceptación social, la autoestima, la felicidad y el cariño entregado recíprocamente por otros. El problema de esto es que medir y modelar estas variables psicológicas subjetivas representa un desafío demasiado grande para las herramientas económicas actuales.

En directa relación con lo dicho anteriormente, Haussman (1996) incluye el concepto de moralidad en la conducta efectiva de los individuos y sostiene que las personas consideran como racional tanto el interés propio cómo el sacrificio moral propio (ejemplo: el sacrificio voluntario que un padre realiza por su hijo). La teoría de la racionalidad exige que las preferencias sean completas y transitivas pero no limita el qué es lo que la persona prefiere, lo cual deja espacio para elecciones morales. Una persona puede preferir la aceptación social al dinero, y puede preferir gastar sus recursos en regalos en vez de invertirlos en los mercados de capitales. Creo que precisamente son las preferencias morales las que explicarían lo “inexplicable” de los sucesos económicos.

Hausman hace hincapié en que el considerar egoístas a los individuos por tomar decisiones basadas en su maximización de utilidad es una concepción errónea. Para él, el ser egoísta es tener preferencias hacia el bienestar personal, no simplemente actuar bajo las propias preferencias.

Bajo mi punto de vista, la maximización de la utilidad es intrínsecamente un acto individualista sin importar si este depende o no del bienestar del otro. Un hombre que dona su almuerzo a un niño pobre lo hace porque en el fondo le reporta más felicidad que el niño necesitado coma en vez de él. El hombre queda mejor después de la donación y el efecto positivo de que el niño tenga comida en su estómago no quita que sea resultado de la optimización del bienestar del donante.

Al argumento de que este análisis puede ser cierto para los individuos pero no para las firmas, además de responder que las empresas son compuestas y dirigidas por individuos, también me referiré al dilema del prisionero (si no lo conoces, lo puedes leer pinchando aquí). Este excepcional ejemplo fue dado por el economista canadiense Albert William Tucker en 1950 para una audiencia de psicólogos, en donde el único equilibrio sostenible es la no cooperación. A pesar de que la cooperación es un equilibrio más favorable para ambos individuos o firmas, este escenario no es sostenible dado la naturaleza de los incentivos.

Si existiese la consideración moral de cooperar para ambos jugadores, la situación resultante los dejaría mejor pero, ¿es esto irracional? Sí se sospecha que alguno podría romper esta ética implícita, automáticamente se alcanza un equilibro peor. ¿No sería racional entonces que los individuos se rigiesen por preceptos morales si se sabe de antemano que en un mundo no cooperativo el resultado es peor?

III

Un gran problema de la economía es que generalmente se trata el supuesto de racionalidad como una mera racionalidad financiera en donde se contraponen costos y beneficios monetarios, la verdad es que las personas de carne y hueso son más que simples agentes económicos que perciben su utilidad del consumo de bienes y esto nunca debería ser dejado de lado.

Los individuos maximizan su utilidad, pero sujetos a muchas más consideraciones de las que la ciencia económica es capaz de modelar. Mientras tanto, en mi parecer, para poder hacer un análisis integral de los sucesos sociales es necesario recurrir a los aportes de la psicología y otras ciencias sociales.

Concuerdo con lo enunciado por Friedman en cuanto los supuestos económicos con los que contamos en la actualidad son lo “suficientemente reales” y se ajustan lo “suficientemente bien” a la realidad, pero nunca hay que olvidar las limitaciones de nuestra profesión y el largo camino que nos queda por recorrer en el cabal entendimiento del ser humano.

Magdalena Cardemil Winkler
Santiago (Chile)