Una noche en la Jungla de Calais

Esta es la primera versión del reportaje que publiqué en eldiario.es y que puedes leer haciendo click aquí.

Las imágenes del campamento de emigrantes y refugiados de Calais han dado la vuelta al mundo. Periódicos y televisiones informan sobre los crecientes enfrentamientos con la policía, el auge de la xenofobia, el deterioro de las condiciones sanitarias en la conocida como Jungla de Calais, la muerte de indocumentados que intentan llegar a Reino Unido. Cuesta imaginar que todo eso esté sucediendo en una pequeña ciudad del norte de Francia.

El viernes pasado decidí adentrarme en este inmenso campamento para ver en primera persona cómo es el día a día de las más de 7.000 personas malviven entre charcos de lodo, basura y plásticos esperando un golpe de suerte para llegar a suelo británico, donde les espera un familiar o un amigo y la esperanza de tener una vida digna alejada de la guerra y el hambre.

Llego a la Jungla de Calais una noche en que el viento y la lluvia parecen dar tregua, no así el frío húmedo de esta región costera. Visto una vieja chupa de cuero y unos vaqueros llenos de barro para no llamar la atención. Soy andaluz y mis rasgos podrían ser los de un sirio cualquiera, tal y como me hacen saber más adelante. Nada más bajar del coche, mientras me acerco a las dos siluetas que diviso bajo la luz de una farola, me doy cuenta de que he olvidado el saco de dormir. Saludo con un “salam alekum” –hasta ahí mi repertorio de árabe- y pregunto en inglés dónde puedo encontrar un lugar para pasar la noche. Los dos hombres se miran, asienten y me dicen que vaya con ellos.

  • En el perímetro del campamento, los furgones de la policía custodian 24 horas al día la autopista que conduce al puerto
  • Un grupo de sudaneses me acoge. Esta noche ellos cuidarán de mí.
  • Refugiados y emigrantes se reúnen alrededor del fuego para soportar el frío húmedo del invierno en Calais
  • Para entrar en el nuevo campamento construido por el gobierno, es obligatorio registrar las huellas dactilares...
  • ...pero pocos refugiados dan ese paso, pues saben que eso facilita la extradición si consiguen llegar a Reino Unido
  • "Bienvenidos"
  • Un grupo de senegaleses imparte clases de francés entre los refugiados y emigrantes
  • "Debemos aprender a vivir juntos como hermanos, porque si no, moriremos todos juntos como idiomas"
  • "La pobreza no es un accidente como la esclavitud y el apartheid; ella fue creada por el hombre y puede ser eliminada a través de acciones comunes de la humanidad"
  • Una fila de emigrantes y refugiados aguarda a recibir alimentos por parte de un colectivo de voluntarios
  • Chabolas y tiendas de campaña se asientan sobre un suelo contaminado por las plantas industriales de la zona
  • En la Jungla de Calais hay comercios y muchos emprendedores. Los afganos fabrican y venden estos cigarros, un éxito de ventas en una población con escasos recursos
  • Con Sehia
  • Sehia y Lifti, mis mejores amigos en el campamento de Calais
  • La mayor parte de los refugiados y emigrantes de Calais hace una comida al día. Hoy los sudaneses han conseguido algo de pasta, verduras y unos huesos de pollo.
  • Los habitantes de Calais se organizan para sobrevivir. Entre los sudaneses, cada día una persona se encarga de limpiar y cocinar para todos.
  • El sábado 23 de enero una gran manifestación solidaria con los refugiados y emigrantes recorrió Calais
  • La policía acompañó la marcha e intervino con rapidez durante los momentos de tensión entre manifestantes y vecinos de Calais
  • Algunos habitantes de Calais aplaudieron a los manifestantes; otros se dedicaron a grabar y a abuchear desde sus ventanas
  • Tras la manifestación, refugiados y emigrantes vuelven al campamento sorteando los muros que algunos vecinos han construido en los alrededores
  • El domingo, un día después de la manifestación solidaria, miles de vecinos de Calais protestan por el deterioro de la imagen de su pueblo y la caída del turismo
  • Aunque se prohíben insultos racistas y alusiones a partidos políticos, la manifestación de los vecinos de Calais está plagada de símbolos nacionalistas: banderas regionales, cánticos de la Marsellesa, eslóganes nacionalistas... Muchos manifestantes me miran con desagrado al creer que soy un refugiado.
  • La prensa regional informa sobre los incidentes al final de la protesta y evita mencionar que no se registraron incidentes durante la mayor parte del trayecto
  • Un diario regional acusa a los manifestantes de hacer un grafiti sobre una estatua del general Charles de Gaulle, sin embargo la pintada es anterior al sábado 23
  • "La libertad, la igualdad y la fraternidad terminan aquí"

Sehia y Lifti son dos jóvenes procedentes de Darfur, Sudán. La guerra carcome su tierra desde hace trece años y es por eso que están aquí. Aún no saben mi nombre, pero sí que necesito ayuda y eso es más que suficiente para que me abran las telas de su chabola.”Ayudarnos es nuestro deber”, dice Lifti. Más tarde este y otros gestos me llevan a pensar que la solidaridad entre desplazados es un elemento clave para la supervivencia de quienes viven aquí.

Entramos en la Jungla. La luz de las farolas queda atrás, pero la luna llena permite sortear las zonas más fangosas del trayecto. En el campamento hay muchos mutilados que no lo tienen tan fácil para desplazarse. Llegamos a una chabola de palos y lonas en cuyo interior un grupo de sudaneses se apiña en torno a una pequeña hoguera. Me ofrecen un lugar junto al fuego y me sirven café con jengibre y un plato de arroz blanco. “Quédate tranquilo, esta es tu casa”, me dice Amo, el más viejo del grupo. “En nuestra cultura la hospitalidad es muy importante”, remata el veterano sudanés.

En la chabola todos tienen los ojos muy rojos y tosen con fuerza debido al humo de la madera húmeda con que calientan la estancia. El gobierno francés calcula que hay una media de 3,5 emigrantes por tienda, pero en esta hay quince. Explico a mis anfitriones que soy español, que estudié periodismo y que estoy aquí porque no tengo dinero, aunque esto último no es cierto. Hago equilibrios sobre la ética periodística en el intento de ser uno más y comprendo mis limitaciones temporales y culturales para sentir el dolor de quienes me rodean, así como comprenderé a quienes desaprueben mi modus operandi.

Sehia, uno de los jóvenes que conocí al llegar, me lleva a conocer el campamento tras indicarme el lugar donde dormiré esta noche: un colchón cubierto de mantas en una pequeña barraca con paredes de tela. Sus escasos enseres están en perfecto orden, reflejo de su deseo por mantener la dignidad en medio del caos y la incertidumbre que le acompañan desde que abandonó Sudán. Mi cama es un lujo en un campamento donde la mayoría pernocta en mantas dispuestas sobre la tierra húmeda.

Es casi la una de la madrugada pero las voces y el crepitar del fuego rompen el silencio de la noche. Un libio explica que por culpa de las secuelas psicológicas del viaje y la guerra, la mayoría de los habitantes de la Jungla tiene problemas para conciliar el sueño. De camino a la calle comercial del campamento, Sehia confiesa los recuerdos que le dificultan dormir: este joven de Darfur decidió huir después de que los guerrilleros leales a Omar al Bashir mataran a todos los miembros de su familia excepto su madre y su hermano pequeño. Sehia deambuló varias semanas por el desierto hasta que un individuo lo encontró y le propuso conducir su coche. Así llegó a Chad, donde trabajó en una mina de oro hasta que decidió reanudar su trayecto hacia Europa. Al partir su jefe se negó a pagarle y amenazó con dispararle si no se iba –“guardé una pepita de oro”, dice Sehia entre para atenuar la indignación que le trae este recuerdo. En Libia pagó a unos mafiosos –pasantes les llaman aquí- para embarcar en un pequeño bote de plástico junto a otras cien personas. Naufragaron durante dos días debido a una grieta en el suelo de la embarcación hasta que pudieron volver a la costa libia, donde los tratantes se negaron a devolverles el dinero. Varios pasajeros murieron y otros tantos perdieron la cabeza, cuenta Sehia, quien consiguió llegar a Lampedusa en el segundo intento. Siete meses después de salir de casa llegó a la Jungla, donde vive desde hace tres meses.

Hay familias enteras que viven en la Jungla desde hace un año y que siguen intentando llegar a suelo británico. Sehia ya lo ha intentado once veces. Quiere llegar a Manchester y reunirse con su hermano de 16 años, tal y como le prometió a su madre. La última vez que probó suerte fue el sábado pasado cuando, tras una manifestación solidaria con los refugiados, un centenar de ellos logró subir a bordo de un ferry. Con la ayuda de perros, la policía encontró a los polizones y los expulsó a golpes. Bashar, un kurdo de Cobane y amigo de Sehia, también estaba entre los que se colaron. Dice estar harto de intentarlo y le ha pedido a su hermano, residente en Birmingham, que reúna las seis mil libras que cobran los pasantes por buscar camiones con destino a Reino Unido y cerrar las puertas cuando estén adentro.

El camino a la calle comercial flanquea una zona vallada e iluminada custodiada por guardias con perros. En el interior hay varias decenas de contenedores blancos. La imagen recuerda a una escena de La Lista de Schindler. El recinto es un nuevo campamento construido con fondos públicos para alojar a los desplazados que desde mediados de enero son expulsados de las chabolas cercanas a la autopista. Para disfrutar de la limpieza y seguridad de las nuevas instalaciones es obligatorio registrar las huellas dactilares, una marca que más tarde emplean las autoridades británicas para devolver a Francia a quienes logran cruzar el Canal de la Mancha. La práctica también funciona en sentido contrario: el hermano de Sehia no puede ir a Francia porque le tomaron las huellas en Inglaterra.

El mercado del campamento es una calle plagada de generadores de electricidad en la que hay pequeñas tiendas, salones de té e incluso alguna peluquería. Los afganos, algunos en posesión de la ciudadanía europea, regentan la mayor parte de los negocios en la Jungla. Algunos refugiados aseguran que, ante las amenazas de cierre lanzadas por la policía, algunos comerciantes ofrecen dinero a quienes reciben con piedras a los agentes. Muchos habitantes de la Jungla temen que el poder incendiario de una minoría siga extendiendo el odio contra ellos, una mancha difícil de borrar.

Una vieja televisión preside el local en el que decenas de hombres toman té y fuman sentados en tablas a un metro del suelo, al estilo afgano. Parece que han aparcado sus traumas en la calle para poder reír con la película de Bollywood que aparece en pantalla. Apenas se ven mujeres y niños durante la noche en la Jungla. Un kuwaití llamado Samir cuenta que su mujer y sus tres hijos están en Londres, pero la embajada británica no tramita su caso a pesar de que hace tres años que presentó el certificado de matrimonio. Samir, un tipo grande y alto, se emociona mientras muestra la foto de su hijo pequeño, que pronto cumplirá tres años sin conocer a su padre.

En la tele han puesto Mad Max, una película de ficción y acción. Un coche explota mientras recorre el desierto a toda velocidad. Sehia dice que esa escena le recuerda a Sudán.

La Jungla de Calais existe desde 2001. Empezó a crecer cuando la policía desmanteló otros campamentos cerca del Eurotúnel y el puerto. Gracias a la labor de asociaciones, voluntarios y emigrantes que vuelven para ayudar tras obtener el permiso de residencia, el campamento cuenta con un centro de vacunación, una iglesia, una mezquita y hasta una carpa donde pinchan música. Sin embargo, la higiene brilla por su ausencia y al caer la noche las ratas se apoderan del campamento. Ya ha habido varios brotes de sarampión, sarna y otras enfermedades, y ahora los voluntarios no dan abasto con las vacunas contra la gripe.

La luz de las sirenas marca el final de las chabolas y tiendas de campaña y el principio de la civilización, concretamente la autopista. Desde agosto de 2015 el gobierno mantiene desplegados a 1.300 policías en Calais, una medida que agrada a los locales, entre quienes el Frente Nacional es cada vez más popular. Sehia me conduce hasta un conjunto de chabolas pintadas de colores y escoltadas por una gran pirámide de latas. En la entrada un cartel reza “Todo el mundo es bienvenido”. Dentro un grupo de senegaleses ha construido un taller para reparar bicicletas y una escuela de francés con los muros repletos de frases esenciales para el día a día.

A las tres de la madrugada muchos desplazados siguen matando el tiempo frente al fuego. El viento cobra fuerza y cala un frío húmedo. De vuelta en la chabola de los sudaneses, hablamos de sueños futuros y de idiomas -todos los presentes hablan cinco lenguas, incluido el árabe y el inglés. Preguntan por Florentino Pérez y dicen que sería increíble que Mesi, Cristiano Ronaldo, Casillas y Piqué –en ese orden- fueran allí a jugar un partido. Pronto la conversación deriva en temas de geopolítica, una materia que dominan varios de los presentes. Sami, sudanés que lleva diez meses en la Jungla, es consciente de que el gobierno Francés exige un juicio internacional contra Omar al Bashir, el tirano que gobierna Sudán desde 1989, al mismo tiempo que vende armas a Arabia Saudí, principal patrocinador del dictador sudanés.

El viento del Atlántico golpea las paredes de tela y maltrata un pedazo de madera que hace de puerta en la barraca. Por fin el cansancio parece vencer al frío y la gente de la Jungla se dispone a caer en los brazos de Morfeo cuando de repente unas voces en árabe y las sirenas de la policía irrumpen en el silencio de la noche. En la Jungla están acostumbrados a los gritos en plena madrugada de quienes han sido sorprendidos por la policía mientras cruzaban la autopista hacia el puerto.

El día comienza en la Jungla con caras sonrientes porque el cielo no amenaza con lluvia. Sehia se despierta el primero porque le toca limpiar los platos y preparar el único almuerzo que hacen al día. Entre todos han conseguido unos paquetes de pasta, algunas verduras y huesos de pollo. Esta noche muchos refugiados y emigrantes volverán a jugarse la vida para llegar a Reino Unido mientras los gobernantes europeos duermen tranquilos creyendo que pueden construir muros más altos que el anhelo de paz de quienes huyen de la guerra y el hambre. No se dan cuenta de que Sehia no desistirá hasta abrazar a su hermano. Se lo ha prometido a su madre.

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